Fotos: Laura Paloma
Y me pasa ahora cuando veo la tasca, Jaleo, que han hecho Andrés Sánchez (Santo Domingo, 1982) y César Curiel (Santo Domingo, 1984), los socios. A los socios los he visto de cerca realizar su primera obra juntos y ha sido un déjà vu, como si lo hubiera vivido muchos años atrás, como si pasaran la misma película otra vez. Andrés Eduardo y César Antonio son unos clones. Sin saberlo, sin imaginarlo, sin haberlo visto nunca jamás, hacen las cosas igual a como lo hacían Andrés y César. A tal punto que yo mismo me asombro.
Con esa complicidad de hermanos abordaron el proyecto y la construcción de Jaleo en la Abrahan Lincoln, Santo Domingo. Es una intervención realizada con pulcritud, con limitación de medios y recursos, pero con ideas y propósitos firmes. Preservan casi todo lo existente y se emplean a fondo para transmitir una visión distinta a un restaurante de tapas y platos españoles tradicionales. Una tasca.
Jaleo apuesta a lo contemporáneo de la mano del rojo y negro, con unas ilustraciones murales que parecen salidas del Bolero de Béjart, envuelto en flamenco, vinos y toros. Así afrontaron el encargo, con ciertas notas de picardía. Se metieron en el diseño del menú, la selección de los solitarios y hasta en el arreglo de las florecitas.
En obras, más de una vez pasé en bici con Felipe (Branagan) y más de una vez los encontré entregados al proyecto. Esto también lo había visto antes. Igualito.
La verdad es que me gozo a los socios. Admiro el compromiso y la pasión que han ido desarrollando por la arquitectura. Eso sí, sin dejar la vida. Con ese jaleo hicieron la tasca.



















